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El pozo de los secretos

Metí las piernas hasta el fondo. La viscosidad se adhería en mi piel sin poder evitarlo. ¡Asco! Sentía esa clase de asco que provoca devolver todo lo que tu estómago tiene, incluyendo las tripas. Tapé mi nariz con dos dedos, no me importaba el dolor debido a la presión que ejercía, yo solo deseaba terminar. El mareo estaba presente, pero no podía mover mi cuerpo, el estrecho pozo me rodeaba. Alcé la mirada y vi que él seguía allí, terminando de recoger la cuerda.
─ Esta vez serán veinte minutos. Ya sabes qué hacer.
Terminó de enrollar y ya no vi su rostro, una enorme piedra, plana y perfectamente circular comenzó a tapar la entrada hasta sellarla casi por completo. Solo un escaso rayo de sol entraba por la grieta.
Suspiré con desgana.
─ Calle Díaz, número 8, Matilda Resto, 19 de octubre de 2004. Calle Alarcón, número 26, Félix Oropeza, 19 de octubre de 2005. Calle Vals, número 41, Jesús Delgado, 19 de octubre de 2006 ─continué la lista hasta llegar al último nombre─. Calle Cintron, número 4, Blanca Martínez, 19 de octubre de 2014.
Volví a suspirar sin ninguna emoción. Ya mi nariz se había acostumbrado al fétido olor, por lo que decidí recostar mi espalda y estirar los brazos. El agua negra y sucia se agitó levemente. Para cuando escuché el clásico silbido tenía los ojos cerrados, los veinte minutos culminaron. La pesada piedra fue removida por cuatro manos y allí estaba él de nuevo, lanzando la cuerda.
─ Sostente bien. No quiero que te lastimes.
No dije nada y puse el pie sobre el amarre especial, sin mirar a ningún lado en específico. Al llegar al tope me encontré con los mismos rostros de siempre, el psiquiatra y su ayudante. La brisa fresca me dio directo a la cara, aturdiendo un poco mis sentidos.
─ Lo has hecho bien, Aura. Sabes que esto es solo parte del tratamiento, ¿verdad?
Asentí en silencio. Cuanto odiaba el color blanco de su estúpida bata.
─ Eso es. Ahora vayamos dentro.
Y ya conocía el proceso: me llevarían a las duchas y una mujer vigilaría mis actos mientras me quitaba la suciedad del cuerpo. A veces le sonreía con lascivia, la suciedad de mi mente nadie la quitaba, ni siquiera con aquellos fuertes narcóticos que me obligaban a tomar cada día. Luego me vestía con un ridículo mono, de aquel aburrido y estúpido color blanco y dos enfermeros me llevaban al despacho del doctor. Y ese lugar, tan frío y sin vida, era peor que el pozo.
─ Te ves muy bien. Dime, Aura... ─miró un par de papeles y luego alzó su vista hacia mí─, ¿mencionaste a todos los fallecidos?
─ Sí ─respondí tranquilamente─. Mencioné a todos los que maté. A los once.
Él quedó viéndome, parecía dudar en hacer la misma pregunta que hacía cada vez que me sentaba frente a él. Al final la hizo.
─ ¿Por qué dices que los mataste?
─ Porque lo hice ─levanté los hombros con indiferencia.
─ Aura, hemos tenido esta misma conversación muchas veces. ¿Por qué no mejor me dices lo que...?
─ Si le molesta la misma conversación que tenemos, ¿por qué me hace la misma pregunta? Es algo incoherente de su parte, ¿no cree?
Bajó la vista e hizo algunos apuntes rápidos.
─ Ve a descansar. Mañana hablaremos.
─ Vaya, esto es nuevo ─seguí sin mostrar emoción alguna en el rostro, incluso mi cuerpo no se movía.
─ Que descanses.
Al próximo día, a la misma hora, volví a meter las piernas hasta el fondo, en aquella agua negra y sucia. Pero algo era diferente.
─ Esta vez serán 25 minutos ─me dijo sin más.
Suspiré, y volví a mencionar a todas las personas que asesiné año por año. Si aún se lo preguntan, sí, lo disfruté. Obtuve lo que quería, pero nadie nunca supo las razones.
─ ... Calle Piedras, número 31, Marcos Perelló, 19 de octubre de 2007.
<< Ellos fueron los culpables de mi dolor. >>
─ ... Calle Dorada, número 9, Héctor Rivera, 19 de octubre de 2010.
<< Me quitaron lo único que tenía. Nadie podía devolverme mi... mi... >>
─ Calle Cintron, número... ─algo estaba quebrado en mi voz─, número 4, ¡maldita Blanca Martínez, 19 de octubre de 2014! ─comencé a llorar.
Mi cuerpo temblaba, luego de tanto tiempo me vi llorar desconsoladamente. Comencé a golpear las paredes y gritar como nunca. El agua salpicaba en mi rostro pero el asco jamás se podía comparar con el dolor de lo que perdí. Y eso no lo sabía el psiquiatra de mierda, él solo estaba por cobrar y recetar.
Ya habían pasado los 25 minutos, de hecho, fueron 45.
Cuando me senté frente al enorme escritorio del doctor, con el cuerpo limpio, mi vista reparó en el calendario de mesa. Claro que era un día diferente: era 19 de octubre de 2015.
─ Yo sé bien que nadie me cree ─tomé la palabra primero, mirando por el gran ventanal, era una hermosa mañana─. Fue fácil culpar a los ladrones que, curiosamente, entraron en el peor momento.
─ Aura, las evidencias mostraron las huellas de esos hombres por todas partes y en todas las casas. No hubo nada sobre ti.
Ya me aburría.
─ ¿Por qué me dejaron 45 minutos?
─ ¿Cómo estás tan segura?
─ Sé contar muy bien.
Le sonreí, y por primera vez me levanté de la silla de cuero para observar mejor la vista. Lo escuché removerse a mi espalda.
─ Estuve embarazada, Elías ─me atreví a confesarle aquel secreto y llamarlo por su nombre─. Tenía seis meses de embarazo pero mi panza no se veía tan grande.
─ Aura...
─ Calla, ssshh ─le dije muy bajo─. Todos y cada uno de ellos sabían de mi estado. ¿Y sabes lo que hicieron? Optaron por hacerme una broma.
Me giré a verle la cara. Estaba tenso, con la frente arrugada.
─ ¿Qué clase de broma?
─ Jo, eso tampoco se sabrá. ¿Sabe qué día es hoy, doctor? ─volví al formalismo, sonriendo serenamente.
─ 19 de octubre. ¿A qué te refieres con "tampoco"?
─ ¡Exacto! ─grité con locura─. 19 de octubre, bingo. Un día como hoy esos malditos hijos de la gran puta me arrebataron lo que más quería. Aún recuerdo la cara de Blanca, esa zorra sabía que pronto le daría la visita. Cuando me vio incluso me invitó a entrar. Las manos le temblaban, y ni hablar de sus piernas. Por un momento pensé en lanzarla al suelo y romperle el vestido como ella dejó que me hicieran, y meterle una botella por el coño como también dejó que me hicieran.
─ Por Dios, Aura...
─ ¡Que te calles, joder! No sabes cómo disfruté verla sufrir. Ella suplicaba perdón, diciendo que era buena madre. ¡La puta se creía buena madre! ─respiré profundo para calmarme─. Ella no duró mucho, creo que... fue la menos que resistió.
Sin darle tiempo a reaccionar me senté sobre sus piernas. El pobre no supo qué hacer.
─ Hoy es un día especial, padre ─él me miró horrorizado─. Oh, vamos, yo sé que odias que te diga padre. Solo le metiste el semen a mi madre y te fuiste, ¿no? Pero lo eres, por más que quieras evitarlo.
─ Aura, eres mi paciente ahora y...
─ ¡Y nada!
Acerqué mis labios y los estampé contra los suyos. Él no reaccionó, su estado de asombro le impedía moverse. Entonces pasó, no sé por qué fue tan rápido pero ahí estaba, degollándolo con el abrecartas que escondí antes en la Liga de mi pantalón. La piel se abrió y la sangre salía a chorros, cayendo en todas direcciones. Sus ojos muy abiertos, mi boca tapando la suya y mis manos cubiertas de sangre. Casi sentí excitación. Gruñi un poco más y, tras varios segundos, el cuerpo del doctor Elías quedó tieso, parecido a un maniquí.
─ Te lo merecías, maldito cabron. ¡Mira todo lo que tuve que hacer para llegar a ti! Si te hubieses quedado con mi madre, ¡si hubieses estado ahí para cuidarme! Maldito hijo de puta ─grité más fuerte.
Llevé mis manos a las rodillas tras levantarme para entrar en control. Me sorprendía que a esas alturas nadie entró a ver la razón de mis gritos. Cuando me calmé decidí asomar la cabeza por la puerta: dos chicas bien vestidas me miraban con preocupación.
─ Aura, ¿todo bien? Escuchamos gritos.
No dije nada. Ellas parecían no encajar en el panorama, tampoco el pasillo.
─ ¿Por qué usas esa horrible bata blanca? ─preguntó la otra─. No me digas que olvidaste la clase.
─ ¿Clase? ¿Qué clase?
─ Por el amor de Dios, Aura, la clase de literatura. ¿Tu favorita? ¿Hola?
Las miré con espanto, y luego a mi cuerpo. Ciertamente traía una horrible bata blanca que me llegaba a media pierna. Giré frenética sobre mis pies para mirar de nuevo el interior y casi me desmayo: estaba en mi habitación universitaria. Los posters de música, el escritorio repleto de apuntes y libros, la cama desorganizada y ropa tirada a montón. Todo lo afirmaba.
─ ¿Qué rayos estuviste haciendo, Aura? ─me preguntó la más alta mirando el desastre, pero yo seguía observando todo. ¿Dónde estaba Elías? ¿Dónde estaba el gran ventanal?
─ Oye, dinos que al menos hiciste el cuento. El profe te matará si no lo entregas hoy, y a decir verdad yo también. Muero por escucharlo.
Instintivamente caminé hasta el escritorio y vi varios papeles, todos bien organizados. Los toqué, aquella era mi letra, y el título era El pozo de los secretos. Sonreí sin darme cuenta.
─ Te esperamos afuera. Por favor, ponte algo decente y date prisa.
─ ¿Blanca? ─pregunté curiosa.
─ ¿Sí? ─la más bajita giró a verme.
─ ...Nada. Salgo rápido.
Aquel día el profesor me felicitó frente a la clase y me otorgó el (tan deseado) listón dorado de literatura, clase 2015. Fue entonces cuando caí de lleno a la realidad, aquel 19 de octubre.

©2016 AuraLuna

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