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La verdad del primer día escolar

Antes que nada debo confesar que mi grado de maldad parece estar más elevado que el de muchos. Porque todos los padres que conozco están las dos semanas antes del comienzo escolar con una tristeza profunda, una pena al saber que sus hijos ya no estarán tanto tiempo con ellos, y que personas desconocidas serán quienes los instruyan. Pero yo, al contrario, cuento las horas y los minutos durante esas últimas dos semanas hasta que llegue el gran día. ¿Que porqué?

Uno: porque nadie resiste ver como en siete días se vacían los doscientos dólares que metes de comida en la nevera. Dos: porque ninguna madre soporta escuchar que la llamen ciento cincuenta veces al día, y menos aún si son dos o más niños. Tres: porque los pies ya están como los Picapiedra de tanto ir y venir. Cuatro: porque a la hora de almuerzo tienes que debatir por media hora para llegar a un acuerdo razonable de lo que se comerá. Cinco: porque no puedes echar un rapidito en la mañana con total relajación sin que uno de los niños abarrote la puerta con sus incansables pedidos mañaneros. Seis: porque ya ni recuerdas ponerte el sostén a causa del cansancio tenebroso y cuando sales a la gasolinera te miran extraña (o calzones, si eres hombre). Siete: porque la casa nunca está limpia o al menos ordenada. Y ocho: porque cuando al fin te sientas en el sillón, parece que Dios se divierte al dejar que uno de los niños derrame un vaso entero de jugo por el suelo.

Así que para mí, el primer día de clases representa menos pérdida de cabello, más rendimiento mental, un poco de silencio en la casa cuando tengo migraña, libertad para poder caminar en pelotas por la casa, una nevera que no se empobrece tan de prisa, y mucho, mucho tiempo para escribir, cantar, pintar la casa, mirar la nueva serie de televisión, o sencillamente ir con una sonrisa de oreja a oreja al trabajo, porque fuera de eso la cara larga te define (esto seguramente lo haces en caso de que tu jefe no te haya dado mas vacaciones de las que querías, con tal de que note tu alegría).

Pero esto está hecho de forma planificada, meticulosamente estudiado así, para que a las dos semanas posteriores por la alegría de no tener los niños en casa, sientas que alguien te da un empujón por la espalda y caigas sin el cinturón de seguridad directo hacia al precipicio de una montaña rusa.

Porque luego te fijas en los tapones vehiculares, en las tareas mandadas más para los padres que para los niños, en el mendigo google que te da mil respuestas en vez de una, en las citas esporádicas a la escuela por la pelea de fulanito, en la compra de tenis nuevas por romperlas a mitad de semestre, en otra oleada de materiales, (en los gritos para que se vayan a duchar no, porque eso es siempre) pero sobre todo, porque al caer la noche, te das cuenta que ni siquiera te has bañado, que todos los trastes están aún sucios, y que tu pareja espera acción candente en la cama.

Es ahí, cuando nuevamente imploro por las vacaciones.

© AuraLuna

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